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La identidad del niño varón

a 07/01/2016

Si no conocemos los factores que inciden en la psicología humana y la forma de abordarlos, nos puede sorprender su fragilidad hasta crearnos un cierto pesimismo y llevarnos a dar carta de normalidad a la disfunción.

La desestructuración familiar que se extiende en nuestra sociedad está llevando cada vez más a situaciones donde los niños son privados de uno de los referentes que necesitan para su desarrollo personal, en concreto el referente paterno. Con frecuencia la madre asume, o no le queda más remedio que asumir, sobre sí, toda la carga familiar en solitario  y a cambio obtiene una especie de derecho de propiedad sobre los hijos del que es excluido, o se ha autoexcluido el padre.

Los hijos no son inmunes a esta situación, porque necesitamos saber lo que somos para desarrollarnos como tales, estar a bien con nosotros mismos y madurar en nuestro potencial como personas. El desconocimiento de nuestra identidad y por tanto de nuestra forma de comportarnos es una fuente de frustración y sufrimiento.

Pero en este proceso de identificación necesitamos referentes. Los referentes nos permiten saber lo que somos. Sin referentes  sólo sabremos lo que no somos, pero difícilmente llegaremos a saber lo que somos y cómo comportarnos.

En el proceso psicológico de descubrir su identidad, el niño primero descubre su identidad como persona, como ser humano. Y lo hace con un referente, lo hace de la mano de su madre, de su padre o de ambos. En este proceso se percibe distinto de los animales, de las plantas y de las cosas, pero sobre todo se percibe igual a su padre y a su madre, se percibe como persona. Un niño-tarzán criado entre animales es un niño sin identidad, un niño que no sabe cómo ha de comportarse, un niño que sólo sabe “lo que no es” y “lo que no puede hacer” y eso le frustra.

El siguiente paso en el proceso de identificación es descubrir su identidad como varón o como mujer; identidad que ya está escrita en la cadena de cromosomas del ADN de cada una de las células de su cuerpo, pero el niño sólo descubrirá lo que eso significa cuando tenga referentes. El niño varón descubre su identidad como varón de la mano de su padre y con el acercamiento  a su padre se integra en el mundo varonil y descubre cómo comportarse, se siente uno más entre los niños varones, sabe “lo que es” y “cómo comportarse”: es un varón; y no sufre ni se siente frustrado por “lo que no es”: no es una niña.

Una vez descubierta su identidad y su forma de comportarse, e integrado con sus iguales, cuando su desarrollo biológico esté a punto, se encontrará con la atracción por el otro sexo, la atracción por las niñas. Si cuando empieza este desarrollo el niño todavía no ha cerrado etapas tendrá un deseo latente de integrarse en el mundo de “sus iguales” y de asumir su identidad como varón. Este anhelo profundo que subyace en su psicología puede acaparar el objeto de la sexualidad de su cuerpo y disputar el lugar que correspondería a la atracción por el sexo opuesto. Si llegados a este punto incidimos con una fuerte carga mediática acompañada de argumentación intelectual coherente pero errónea, el conflicto tiene muchas probabilidades de aparecer. Posteriormente las terapias de curación tendrán que reabrir etapas anteriores y cerrarlas adecuadamente. La figura paterna será fundamental para ello.

Cerrar las puertas a las terapias de curación y a la investigación científica es una injustificada huida hacia adelante que la sociedad nunca debe permitir y ha de poner los medios jurídicos para evitarlo.

La sabiduría popular del cuento del pato feo escrito por Hans Christian Andersen en 1843, que algunos pretenden interpretar justamente al revés, nos muestra como éste es un desgraciado porque se ve distinto a los demás patos. Sabe “lo que no es”; sabe que no es como los demás patos y se siente frustrado porque “no sabe comportarse” como “lo que no es”;  pero todo cambia cuando descubre “lo que es”; cuando descubre que es un cisne; y cuando se integra en el mundo de los cisnes aprende a “comportarse como un cisne”. De la misma manera el niño varón necesita descubrir que es un varón y necesita integrarse y ser aceptado entre sus iguales, en el mundo de los niños varones; y esto lo hará con normalidad cuando tiene un referente que es su padre, lo hará de la mano de su padre.

En la película “Volando a casa” de Carroll Ballard podemos encontrar algunas claves para entender. Amy vuela hacia el Sur en un ultraligero y muestra a unos gansos, que vuelan tras ella,  el camino para su migración anual. La película se rueda sobre hechos reales que muestran cómo los gansos identifican a Amy con su madre y la siguen a todas partes porque Amy incubó artificialmente los huevos de ganso y al nacer los gansos, Amy es el primer ser vivo con el que han contactado de una forma amable y protectora. Amy necesita mostrar a los gansos algo que aprenden de su madre: el camino para su migración anual.

Tan injusto es que la mujer se vea obligada a abordar la maternidad en solitario como que el padre sea excluido de su paternidad y el niño sea privado del referente paterno. Y lo que el niño necesita es percibir ambos referentes juntos en un clima de cariño y todavía mejor si lo hace acompañado de hermanos y hermanas.

Rafael Ruiz (MADRID)

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